(CRONICA) ELLIOT MURPHY – Madrid – Sala Galileo Galilei – 17/01/2020

ELLIOT MURPHY Madrid Sala Galileo Galilei 17/01/2020

Tras casi un mes en “barbecho conciertil” con motivo de las navidades arrancaba para mí un nuevo año, en lo que a música en directo se refiere, con una nueva visita del cantautor neoyorquino Elliot Murphy y su inseparable Olivier Durand. Parece ser que es un fijo cada inicio de año en Madrid, ya sea en formato de dúo acústico o con banda de acompañamiento, pero no había tenido aún el gusto de presenciar un concierto suyo. Era mi primera veza con él pero, visto lo visto, a partir de ahora seré un fijo en esa especie de ritual que se celebra cada enero.

En esta ocasión venía en formato acústico pero, para sus dos fechas en la capital, contaron con la presencia de Melissa Cox. La violinista australiana, aunque su aportación fue mucho más allá de tocar su instrumento, fue un increíble complemento a las guitarras Taylor de Olivier y Elliot y aumentó el carácter folk que ya de por si tienen muchas de sus composiciones. Sin duda una suerte la que tuvimos los madrileños con su presencia.

Hacía mucho que no iba a la mítica sala Galileo Galilei y, la verdad, es un lugar realmente apropiado para albergar conciertos como el que nos ocupa. Luces, escenario y, sobre todo, una gran acústica para disfrutar de un increíble espectáculo que gustó mucho tanto a los habituales a sus conciertos como a los que le veíamos por primera vez. La opinión a su término era unánime, sin importar la edad o las veces que cada uno les hubiera visto, y esta no era otra que la de que habíamos asistido a un conciertazo. Uno que, a pesar de la edad del protagonista, se prolongó durante más de dos horas. Cuántos chavales tendrían que tomar nota…

Con todo vendido, y la gente ya acomodada en sus mesas, a las nueve y media en punto se apagaban las luces y saltaba el dúo Durand-Murphy con una pausada versión de “Drive All Night” ante una enmudecida sala expectante por disfrutar de lo que este genio de setenta años (en breve serán setenta y uno) nos iba a ofrecer. ¿Y qué era? Pues no era otra cosa que un poco de su alma en forma canciones.

Unas canciones que son capaces de tocarte la fibra y hacer que te olvides, durante el tiempo que está en escena, de todos tus problemas cotidianos consiguiendo que, simplemente, disfrutes como si fuera tu último día en la tierra. Los allí presentes lo hicimos contagiados por ese espíritu con el que parece afrontar sus directos Murphy. No todos los artistas son capaces de conseguir semejante conexión con su público pero Elliot lo hace desde que pone los pies en el escenario y, ojo, la mantiene hasta que lo abandona. Creo que todos sentimos esa conexión.

A partir de aquí, y ya con Melissa Cox acompañándoles hasta el final, dio un buen repaso a algunos de los temas que han ido construyendo una sólida carrera de casi cinco décadas, que se dice pronto. Una carrera que tiene en su recientemente editado “Ricochet”, un compendio de nuevas canciones, versiones y temas propios revisitados, su último eslabón y la excusa perfecta para volver a salir a la carretera aunque, realmente, no la necesita. Estoy seguro que sin disco nuevo en la calle habría llenado la sala igualmente ya que se ha ganado el respeto y la admiración no sólo de su público, sino de artistas de la talla de Bruce Springsteen o Billy Joel por citar sólo dos de los más conocidos.

Como si de un trovador de ciudad, que diría el sin par José Carlos Molina, se tratara fue presentando con introducciones más o menos largas cargadas de humor e ironía temas de “Ricochet” como “Someday All This Will Be Yours”, una canción protesta como “What The Fuck Is Goin´On” (no le apodaron el nuevo Bob Dylan por casualidad), “Navy Blue” o la versión “Better Days” de su amigo Springsteen que muchos de los presentes celebraron, pues fijo que entre el público había muchos seguidores del de New Jersey.

Ojeando por encima la biografía de Elliot te das cuenta que, aunque no llene grandes recintos, estás ante un músico que tiene ganado a pulso a base de trabajo y perseverancia el estatus de “leyenda”. Por ello verle afrontar con semejante actitud, pero también con una enorme cercanía y humildad, su actuación me causó gran sorpresa y me rindió a sus pies. No es que esperara a una persona altiva y déspota con sus compañeros pero de verdad que el grado de complicidad con Olivier Durand, su fiel escudero desde hace veinticuatro años, es admirable. No tienen ni que hablar, con sólo mirarle ya sabe lo que tiene que hacer fruto de media vida (literal) al lado del maestro.

Pero no sólo lo hizo con el genial guitarrista (porque Durand no es una mera comparsa sino parte fundamental de las actuaciones del cantautor) sino que la invitada de honor para las fechas en la capital, Melissa Cox, también recibo elogios por parte de Elliot agradeciendo las veinticuatro horas de avión que se había metido para estar allí con nosotros. No es para menos porque la australiana además de aportar un “extra” al lado “folkie” de las canciones con su violín se encargó elementos de percusión e hizo unos sensacionales coros en no pocos temas. Sin duda su presencia hizo ganar enteros a la ya de por si excelsa actuación de sus compañeros.

“Take That Devil Out Of Me” sonó antes de que la interacción y cercanía con el público de la que hablaba antes quedara puesta sobre la mesa con los silbidos que hicieron, y pidieron que hiciéramos, al final de “Deco Dance”, las palmas que nos “arrancaron” en “I Want To Talk To You”, primera ocasión en la que Elliot tocó la harmónica además de la guitarra, o cuando nos pidió cantar, tras la versión del “Runaround Sue” de Dion, el estribillo de “These Boots Are Made For Wakin´” (canción que tildó de influencia) compuesta por Lee Hazlewood y grabada por Nancy Sinatra cosa que, por supuesto, todos hicimos.

Tras ella presentó brevemente otro tema que trataba sobre botas. Así, sin abandonar la harmónica, introdujo una sensacional “Chelsea Boots” con la que llegamos al ecuador del concierto como si apenas unos minutos hubieran transcurrido. Ya había traspasado todas las barreras posibles con el respetable y, a partir de aquí, cada tema parecía ser menos bueno que el siguiente porque el nivel, el sentimiento y la actitud con los que los afrontaban parecían no tener límite.

Poco a poco fue caldeando todavía más a una audiencia, a estas alturas entregada y totalmente comprometida con el americano, con “Alone In My Chair”, con Melissa pandereta en mano animando a dar palmas y en cuyo final nos invitaron a tararear a capella la melodía, la poética “You Never Know What You´re In For”, con la harmónica de Elliot cobrando gran protagonismo, o la maravillosa “A Touch Of Kindness” antes de desembocar en uno de los numerosos momentos álgidos del concierto.

Evidentemente me refiero a la increíble e imprescindible “Last Of The Rock Stars” para la que, afortunadamente, nos invitaron a ponernos en pie porque es complicado permanecer en la silla con ella. Así, con la audiencia bailando y haciendo los “uuuhh, uuuh, uuuuh” a coro, la alargaron como suelen hacerlo introduciendo el “Shout” de los The Isley Brothers que animó aún más al respetable que ya se volvió loco del todo dejando en la retina impagables escenas. Tras ella, y mientras nos partíamos las manos aplaudiendo, se retiraron brevemente volviendo a aparecer instantes después provocando el delirio generalizado.

De nuevo en las tablas el formato de la actuación permitió que en la interpretación de otra imprescindible como “Come On Louann” el ukelele que tocaba Olivier, algo más tapado cuando tocan con una banda, brillara con luz propia junto al violín de Melissa. Me encantó cómo les quedó este tema esta noche y como se juntaron los tres en varios momentos sonriendo sin parar. ¡Qué importante es disfrutar encima del escenario para hacer disfrutar a los que estamos abajo! En eso también sacaron nota los tres músicos.

Con todos los conciertos que llevan a sus espaldas tienen un repertorio lo suficientemente extenso como para improvisar, si así lo estiman, metiendo o quitando canciones sobre una base fija que mantienen desde hace tiempo. Sin embargo pocos esperábamos que atendiera a un seguidor que le recordó que la anterior vez le había pedido que tocara un tema largo y poco habitual como “Put It Down”. Podía haber dicho que no la tenían preparada y no hubieran faltado a la verdad pero no, bromeó con que era un momento “incómodo”, que tenía doce estrofas y que no se las sabía todas pero iba a intentar cantar algunas. No les quedó perfecta pero qué más da, este tipo de detalles son los que llegan a la gente y marcan la diferencia. Él la marcó.

Una casi recitada “Made In Freud” dio paso a la celebradísima “On Elvis Presley´s Birthday” alargada con ese “in crescendo” final que pone los pelos de punta y en el que Olivier y Elliot volvieron a bajar a escasos centímetros de las mesas más pegadas al escenario. La ovación que recibieron al terminar hizo temblar la sala y parecía que con ella iban a poner el punto y final.

Pero no, ni ellos querían irse, ni nosotros queríamos que se fueran por lo que, tras pedir al técnico que nos iluminara ovacionándole puestos en pie, tomó la parte delantera del escenario y, quitando las sordinas de sus guitarras y su amplificación, cantó sin micrófono de nuevo “Last Of The Rock Stars” en la versión más “desnuda” e intimista que seguro que muchos de los presentes (no sé si incluso todos) habían escuchado.

No quedó ahí la cosa, contagiado ahora por nuestros aplausos atacó “The Streets Of New York” y, aunque a su término comenzó a sonar la música ambiente, el americano pidió que la apagaran porque no se iba a marchar todavía. Ninguno dábamos crédito y hasta la propia Melissa estaba atónita mientras se reía. No era para menos porque se estaban superando todas las expectativas.

Ahora sí, “Just A Story From America”, fundida con el “Twist And Shout” y “La Bamba” (en esta última Olivier se vino muy arriba como dice la canción chapurreando las estrofas), volvió a ponernos en pie para cantar y bailar tan animados temas sirvió de memorable colofón. Después despidió a sus acompañantes, tras volver a presentarlos, mientras él se quedaba unos instantes sólo frente a nosotros recibiendo una merecidísima y sonora ovación que casi pareció emocionarle tanto como a nosotros su actuación.

Todos sabemos que el éxito en la música es muchas veces caprichoso pero resulta surrealista que alguien como él, que estaba en el sitio adecuado en el momento justo para haber sido una estrella masiva como otros coetáneos suyos, haya quedado relegado al estatus “maldito” de artista de culto. Sin embargo, y siendo egoístas, una velada como la que nos brindó no hubiera sido posible y por ello fuimos afortunados.

Como cuenta el documental “The Second Act Of Elliot Murphy”, que no llene estadios no significa que no haya alcanzado el éxito en su carrera. No lo ha hecho en el modo en el que solemos entenderlo con ventas millonarias de discos o miles de entradas vendidas para sus conciertos pero, como dice su hijo Gaspard, tiene una familia, un público que lo adora y puede vivir de su música por lo que, en ese sentido, si es una persona de “éxito”.

Entiendo que a veces sienta que merecía más (¿cómo no va a sentirlo?) pero lo que este compositor, cantautor, novelista y productor nos ofreció fue apoteósico y al alcance de muy pocos. Ser honesto y auténtico para mí también es tener éxito y de eso, el otrora rubio cantautor, va más que sobrado. Inmejorable forma de arrancar mi temporada de concierto

Texto y Fotos: David Ortego

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