(CRONICA) Kalos Festival – Sala La Riviera – 27/05/17

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KALOS FESTIVAL

SALA LA RIVIERA (MADRID)

27/05/2017

El nacimiento de un festival especializado dentro del amplio universo del Hard and Heavy es muy complicado. Hemos visto como muchos emergían, aguantando unos años y, por desgracia, desapareciendo sin dejar huella. Otros, sin embargo, resurgen de sus cenizas como el Madrid Is The Dark (en tesituras Doom, género dispar al que nos ocupa en este artículo) para buscar esa consolidación; mientras que una mínima parte sí se han asentado, refiriéndonos en concreto al Pounding Metal Union Festival, para los aficionados al True Metal underground, si bien con las connotaciones de ser un evento organizado por una asociación, lo que, en muchos aspectos, facilita las cosas.

El Kalos surge con una filosofía un tanto distinta, porque hablamos de un subgénero (el Hard melódico, en sus diversas vertientes) que, en su día, fue grande y vendía discos como churros. Las cosas, en 2017, son, obviamente, muy distintas por lo que apostar por La Riviera y un grande como Michael Schenker, reunido con su viejo colega Robin McAuley en un concierto exclusivo, parecía una jugada arriesgada. Es cierto que el genio de la guitarra llenó la Joy Eslava en su última aparición por la capital, pero estoy seguro que el 80%, mínimo, de los seguidores que acudieron a lo que sería la grabación de su último DVD, no se acercaron por la ribera del Manzanares en esta sofocante tarde de mayo.

Para la primera edición, el cartel se completaba con nombres atractivos, con matices. CRAZY LIXX, aun siendo muy jóvenes para la media del resto de bandas, acaban de editar su quinto trabajo y, sin resultar sobresalientes, sí que han sabido moverse en una buena línea en el estudio; SNAKES IN PARADISE, al ser una formación de los noventa, tendrían un pequeño pero aguerrido núcleo de fans, en especial de su maravilloso cantante Stefan Berggren; los suecos TREAT son un nombre esencial en este tipo de música; mientras que HARDLINE hacían apenas un año que habían tocado aquí pero coincidió con la última final de Champions entre Real Madrid y Atleti. Lamentablemente, SNAKES IN PARADISE tuvieron que cancelar la actuación, siendo sustituidos por los locales ATLAS que serían los encargados de abrir fuego.

Las cinco de la tarde no es, ni tan siquiera, hora taurina, y con más de treinta grados y un asfalto que quemaba, en los alrededores de La Riviera el ambiente de concierto era nulo. Sin embargo, sí que se veían aficionados del Alavés y el Barcelona que, horas más tarde, disputarían la final de Copa en el Vicente Calderón. Al entrar en el local, se reflejaba un panorama desolador. Cinco minutos antes del inicio, apenas medio centenar de personas. Ante esto tuvieron que lidiar los ya curtidos hermanos Arias, José Martos (que fueran el núcleo de NIAGARA) e Ignacio Prieto.

ATLAS es una formación que presenta un cuarteto excelente de manera individual pero, en mi opinión, la suma global falla. Sus tres álbumes (cuatro si contamos con la dualidad inglés, español de “Against all odds” y “Contra viento y marea”) son tan inmaculados como faltos de brillantez. Experiencias que se disfrutan pero con fecha de caducidad; cuatro o cinco escuchas y te olvidas. Con todo, el saber hacer de los madrileños está fuera de duda y así lo demostraron en el escaso tiempo del que dispusieron.

Después de unos años en barbecho, retornaron con “Nuevos tiempos, viejas costumbres”, si bien la encargada de abrir el Kalos fue “Contra viento y marea”. El sonido resultó, sencillamente, magnífico y ellos le echaron ganas, sobre todo un Ignacio Prieto que, en sus registros, es capaz de sobresalir, a diferencia de lo que hizo en el tributo a DEF LEPPARD, teloneando a DARE, donde, para mí, no estuvo nada atinado. Para el festival, optaron por las canciones con un deje más americano como “Esperaré”, una de las mejores de su última entrega, con un público que iba entrando con cuentagotas pero se integraba rápidamente en la propuesta de ATLAS.

 “Gritaremos no”, un corte vacilón con reminiscencias de MR. BIG, evidencia el, bajo mi criterio, principal problema del grupo. En ocasiones, alargan sus temas sin necesidad, con desarrollos de guitarra de Manolo Arias que disminuyen el dinamismo de estrofas y estribillos. La tercera y postrer parada en “Nuevos tiempos, viejas costumbres” llegó con “Un sueño cumplido”, donde Ignacio despunta y demuestra que es un gran frontman. El vocalista, junto al magnífico José Martos a la batería, fue el triunfador en esta media hora que se cerró con el único guiño a su debut, “Unidos”, con ya casi trescientas personas en La Riviera que tributaron una merecida ovación a ATLAS. Buen concierto el de los madrileños.

Entrado el siglo XXI, Hard Rock y Suecia parecen sinónimos. La gran mayoría de formaciones europeas de este estilo provienen de la tierra de Stieg Larsson, siendo CRAZY LIXX uno de los principales exponentes de la vertiente más Glam Metal / Sleazy. Tras el enésimo cambio de guitarrista, el quinteto se presentaba en Madrid con una nueva entrega debajo del brazo, “Ruff Justice”, un álbum notable y entretenido, si bien considero que nunca han alcanzado las cotas del fantástico “New Religion”. De ahí en adelante, le dieron un punto más macarra y angelino a su música, que les aportó variedad pero bajaron un tanto el nivel.

Ante una moderada salva de aplausos y tras una mínima intro, CRAZY LIXX atacaron “Wild child”, corte que abre “Ruff Justice”, con dos denominadores negativos iniciales: el bajísimo sonido de las guitarras y lo flojo que empezó Danny Rexon. Parecía que el atípico sueco (por moreno y bajito) no había calentado las cuerdas vocales lo suficiente, dado que no alcanzaba los tonos medios y altos, algo que se evidenció claramente en “Blame me it on love”, muy alejada de lo adictiva que es en estudio. Con el primer parón, en el que saludó a la concurrencia y presentó “XIII”, tema del último disco que aparece en un videojuego y está dedicado a Jason, el asesino de la saga “Viernes XIII”, ya se le vio más enchufado, si bien no es un tipo que se come el escenario, ni mucho menos.

CRAZY LIXX, en conjunto, tampoco son una máquina que arrasa en directo. Entretenidos, efectivos y ya, un poco como su música. Mola pero no fascina. Aun así, dejaron momentos destacados como “Whiskey tango foxtrot”, y alguna pincelada de humor, gracias a su baterista, Joel Cirera, que cogió el micro para pedir si alguien le invitaba a unas gambas al ajillo. “Hellraising woman” y la relajada “Walk the wire” tuvieron un perfil más bajo y el concierto, en su parte final, repuntó con el himno def leppardiano “Rock and a hard place” y la festiva “21 ´till I die” que cerró una actuación de menos a más, en los cuarenta minutos que dispusieron. Lástima que el sonido de la guitarra de Chrisse Olsson quedara tan en segundo plano.

TREAT son, a priori, palabras mayores. Una de las bandas de Hard melódico sueco con más talento de la historia se presentaba, de nuevo, en España. Los infatigables Robert Emlund, Anders Wikstrom, Patrick Appelgren y Jamie Borger, junto al bajista de KING DIAMOND y ex – THE POODLES, Pontus Egberg, podían palpar la emoción en el ambiente. Prácticamente setecientas personas se acercaban al escenario dispuestos a disfrutar de una ración imbatible de música elegante. No obstante, con TREAT uno siempre se hace bastantes preguntas previas que se resumen en dos: ¿Qué repertorio llevarán? ¿Hasta qué punto serán tolerables sus habituales pregrabados?

Junto a estos dos posibles condicionantes, un invitado inesperado deslució su descarga: el mal sonido. El bajo estaba excesivamente alto y durante prácticamente toda su actuación una mezcla entre acople y cable pelado aparecía cada rato llegando a resultar un zumbido molesto, incluso para el grupo. Probablemente estaba relacionado con el micrófono de Robert y la conexión con el teclado, porque, aunque fuera a falta de un par de temas para concluir, le cambiaron el micro y la cosa mejoró algo. Para colmo, la guitarra de Anders, sin estar baja, no estuvo al volumen suficiente.

A pesar de todo esto, derrocharon entusiasmo desde la primera nota de “Ghost of Graceland”, tema título de su álbum de 2016. Y es que, si alguno había investigado sus giras recientes, los escandinavos apuestan fuerte por su etapa actual, algo plausible pero que nos priva de oír un montón de temas con los que algunos crecimos. Esto no infravalora su material más reciente porque, para mí, “Coup de grace” es uno de los mejores discos de retorno que he escuchado jamás y puede mirar cara a cara, sin ruborizarse, al trío mágico “The pleasure principle”, “Dreamhunter” y “Organized crime”.

Sin ser excelente, “Ghost of Graceland” estuvo bien, como también “Better the devil you know”, la mejor de su última entrega. Los coros, como no podía ser de otra forma, estaban doblados con pregrabados. Esto lo hacen muchos, pero no podemos dejar de denunciarlo. Quizá lo más sangrante llegaba cuando Emlund se guardaba la voz en el estribillo para aguantar bien las estrofas, viejo truco de tahúr del Mississippi que, sinceramente, queda un poco feo y desluce la valoración. “Ready for the taking”, primera visita al pasado, a pesar de la floja interpretación llevó el júbilo entre sus incondicionales pero fue “Paper tiger” la más lograda de toda la velada y prueba evidente del potencial de “Coup de grace”. Impresionante canción y muy buena ejecución.

Sonrientes, pidieron la colaboración del público en el medio tiempo “We own the night”, mientras que, quizá, la única medio sorpresa del setlist, “Love stroke” de “The pleasure principle”, pasó más desapercibida. Otra parada en “Coup de grace”, protagonista real de la tarde con cuatro cortes, con la excelente y coreada “Roar”, y vuelta a sus primigenios días envueltos en la sutil melodía de “Get you on the run”, aunque ni ésta ni la increíble “Conspiracy”, estuvieron en su excelso nivel. Un pequeñísimo parón en la bien aprovechada escasa hora de la que dispusieron; el mencionado cambio de micro y encarar la recta final.

Otra vez material reciente pero convertido en clásico por derecho propio. Y es que ese “Skies of Mongolia” es, simplemente, maravilloso. Solo daba tiempo a una última canción que, obvio, iba a ser su mayor hit, su tema emblema. “World of promises” animó a todos los allí congregados y nos dejó con buen sabor de boca tras un concierto entusiasta, lleno de composiciones memorables, pero con la sombra de los pregrabados siempre presente y un sonido no demasiado logrado.

Aparentemente, el cambio entre bandas debía ser de quince o veinte minutos, pero con la mitad de tiempo ya estaba todo preparado para HARDLINE, apenas un año después de su anterior visita. Voy a empezar con los contras. En primer lugar, no dudo de la legitimidad del grupo porque Johnny Gioeli siempre fue el único que tiró del carro; pero, además de su inseparable guitarrista Josh Ramos (15 años ya con Gioeli, desde que el cantante reactivó la banda), lo que no me convence es la presencia del inefable trío de la factoría Frontiers Records: Alessandro Delvecchio, Anna Portalupi y Francesco Jovino. ¡Ojo! Que la base rítmica es competente y Delvecchio lo hace de maravilla con sus teclados y a los coros. Mi problema es que preferiría que fueran otros, porque este terceto es el perejil de todas las salsas que, aquí y allá, coloca Serafino Perugino en las múltiples ediciones y proyectos de la compañía que dirige.

Pero, ¡ay amigos! es salir Johnny y arrasar con todo. En el extinto y añorado Firefest británico no terminaron de convencerme, pero este sábado en la Riviera resultó espectacular. Sin pausas innecesarias; sin solos; con Gioeli corriendo de un lado a otro pero sin perderse ni ahogarse; y un sonido nítido que supuso que el quinteto italoamericano brillara con luz propia, tanto que, a pesar de no ser mi principal aliciente, fueron los triunfadores del festival, como así corroboró el público, ya en su aforo máximo (no superior a ochocientas cincuenta personas, desgraciadamente), que interactuó en comunión perfecta con el maestro de ceremonias.

Arrancaron con el tema que abría su última entrega, “Human nature”. “Where will we go from here”  es una buena canción, que no excelsa, y sirve para saludar a la audiencia y enchufar al quinteto. En realidad, los músicos son los acompañantes en el escenario del torbellino Gioeli. La audiencia llegó, rápidamente, al punto de ebullición con “Takin´ me down”, primera referencia a “Double eclipse”, lógico protagonista de la descarga. El enérgico estribillo fue coreado por la práctica totalidad de la sala que, definitivamente, se vino abajo con “Dr. Love”, una de las composiciones atemporales que los hermanos Gioeli y Neil Schon nos regalaron allá por 1992.

Con todo, HARDLINE querían presentan “Human nature” y eso hicieron en los siguientes minutos, aunque bajar el pistón de la velocidad de manera tan acusada fue, quizá, el único mínimo error que tuvieron. El tema título y “Take you home” son notables pero, en menos de una hora de actuación, relajan demasiado el ambiente. Seguramente, algo más movido habría dado mayor dinamismo y efectividad. No obstante, la interpretación fue impecable, con protagonismo de Delvecchio, y dio pasó a “Fever dreams”, canción reciente, de “Danger zone”, pero, en mi opinión, la más destacada de sus últimos años.

Llevaban apenas media hora pero, de aquí hasta la conclusión, la fiesta fue continua. El inicio de “Double eclipse”, “Life´s a bitch”, presentada con minidiscurso previo de Gioeli, elevó de nuevo la temperatura; una relajada “Hands of time” resultó especialmente emotiva, con un solo magnífico del infravalorado Ramos; y la traca final fue la esperada, pero no por ello menos celebrada. “Hot cherie” llevó el éxtasis a La Riviera. Sin duda, el himno de esta primera edición del Kalos, con Johnny y audiencia dándose réplica constante en su maravilloso estribillo. La acelerada “Rhythm of a red car”, para mí el mejor tema de HARDLINE, puso el cierre a un concierto sobresaliente.

Lástima que, igual que comenzaron antes, concluyeron diez minutos antes, imagino que para dejar tiempo suficiente para el cambio de batería y que todo el escenario estuviera preparado y al gusto del cabeza de cartel. Un par de cortes más, fundamentalmente de “Double eclipse”, y la sala habría reventado. Bravo por HARDLINE y bravo por Johnny Gioeli, el máximo triunfador del Kalos Festival.

Así como los cambios entre bandas habían sido un visto y no visto, la irrupción de Michael Schenker y sus compinches se hizo esperar casi cuarenta minutos. Durante ese tiempo, los corrillos de amigos, además de loar la actuación de HARDLINE, debatían sobre el tipo de repertorio que plantearía el rubio teutón porque, al fin y al cabo, este era un concierto especial. Es cierto que en el denominado MICHAEL SCHENKER FEST, que ha hecho su aparición en distintos eventos europeos y Japón, ya había vuelto a subir a las tablas con el gran Robin McAuley, pero siempre en formato de tres cantantes, los clásicos de los ochenta de la MSG en sus dos acepciones, Gary Barden, Graham Bonnet y el mencionado irlandés.

Sin embargo, esta noche el aliciente era escuchar un concierto completo con Robin, tipo que ya sobrepasados los sesenta, conserva un aspecto físico excelente y unas cuerdas vocales aún mejores. Con McAuley, además de cambiar el significado de las siglas MSG, Michael grabó tres álbumes de estudio y un directo acústico. Esos trabajos se circunscriban a la época en que se editan, entre 1987 y 1992, es decir, desde el momento de máximo auge de las Hair Bands en USA y el declive con la irrupción del grunge, de ahí su orientación comercial y americana. Los más puristas de MSG consideran esa etapa, cuanto menos, una traición y la ignoran.

Personalmente, siendo acérrimo de MICHAEL SCHENKER GROUP, y considerando que Barden, Bonnet y los demás representan la verdadera esencia del conjunto, pienso que el quinquenio con Robin nos dio una pléyade de obras notables, con “Save yourself” ocupando el cénit e, incluso, resaltando su acústico, registrado en formato trío con el alemán, el irlandés y Spencer Sercombe, entonces guitarrista de los dioses SHARK ISLAND, a la segunda guitarra. Por ello, tenía muchísimas ganas de oír canciones de esa etapa y ansiaba saber cuántas caerían esta noche.

No obstante, uno ya va siendo talludito y no se chupa el dedo, por lo que iba mentalizado; si esperaba un especial MCAULEY SCHENKER GROUP, me sentería defraudado. Por ello, una vez asimilado el asunto, quedaba por comprobar el estado de forma vocal y la actitud del conjunto. Junto a la pareja protagonista, Michael se rodeó de un trío de lujo, conocedor de todo su material. Los fantásticos Ted McKenna y Chris Glenn (con permiso del llorado Cozy Powell, la mejor base rítmica que puede tener); y el eficiente Steve Mann en el triple papel de segundo guitarrista, teclados y coro.

Desde que Schenker sale a escena, sonríe, saluda e interactúa con la audiencia, la verdad es que no es lo mismo. ¡Cuántas veces el rubio aparecía como alma en pena, se asentaba en su lado y tocaba mirando al suelo! Ahora todo es distinto y sus múltiples fans lo agradecen. La instrumental “Searching for freedom”, de las sesiones de “Spirit on a mission”, sirvió de introducción para que nuestro héroe calentara los dedos y se incorporaran el resto del quinteto, para encarar nada menos que “Let the sleeping dogs lie”. El timbre de McAuley es completamente opuesto al de Gary Barden y, por eso, al principio choca, pero una vez acostumbrado solo cabe quitarse el sombrero ante el veterano irlandés. Fantástico.

La primera parte de la actuación se concentró en la MSG clásica, la de Barden; así, sucesivamente, sonaron cortes del calibre de “Attack of the mad axeman” (impresionante Robin en la sección central) o “Armed and ready”. El público atendía y ovacionaba pero para nada estaba como con HARDLINE. Y no es porque lo hicieran mal; todo lo contrario. Simplemente, considero que querían otra cosa. Entendible postura aunque errada en su concepto. Con otra instrumental, la increíble “Captain Nemo”, se cerró el repaso a esta etapa que obvió su colaboración con Graham Bonnet, es decir, el excelso “Assault attack”.

Un júbilo invadió la sala cuando McAuley anunció la rockera “No time for losers”, de “Perfect timing”. Sonó muy bien pero fue un coitus interruptus porque, a continuación, llegaron las referencias a UFO vía una inconmensurable “Shoot Shoot” y la seminal “Lights out”. En ambas McAuley no es que estuviera notable; sino que clavó cada melodía vocal. En especial “Shoot shoot” fue una gozada. Michael Schenker disfrutaba del show y se atrevió hasta a arengar a las masas con tres palabras mágicas: “Coast to coast”. A pesar de ser una habitual en todas sus actuaciones, y su instrumental fetiche, quizá me pareció menos brillante que en ocasiones pretéritas, sonándome un poco rara la tonalidad de la guitarra.

Robin volvía para encarar el segmento, para muchos, más esperado de la noche. Por fin, sus años en la formación iban a cobrar el protagonismo que merecían. La vacilona “Bad Boys” nos mostró la imagen más “sexy” y juguetona del orondo Chris Glenn, que parecía estar disfrutando un montón; McAuley brilló sobremanera en el medio tiempo melódico, “This is my heart”, con unas tesituras de hit de la época que hizo las delicias del sector más A.O.R. de la audiencia. En este punto llegó “Save yourself”, la canción que daba nombre al segundo disco de estos años; para mí, top cinco de toda la carrera de Michael Schenker, y eso que tiene decenas de composiciones maravillosas. A la mayoría de la gente le voló la cabeza desde el inicial solo pero he de decir que, si soy sincero, la ejecución fue bastante mejorable porque Ted McKenna (rarísimo en él) iba fuera de tempo, lo que contagió a sus compañeros.

Love is not a game”, el segundo single de “Perfect time”, culminó la celebración especial; muy escasa para los fans de MCAULEY SCHENKER GROUP, mas previsible para cualquiera que conozca un poco la idiosincrasia del guitarrista. No obstante, hubo ausencias muy significativas como “Anytime”, su mayor éxito con Robin; “Gimme your love” o “Nightmare”, que en acústico habría quedado de lujo. Ya pedir cosas como “Destiny”, “Here today – gone tomorrow” o “Paradise”, reconozcamos que era una utopía.

De aquí al final íbamos a disfrutar, hay que decirlo así para ser honestos, de una sucesión tremenda de clásicos de U.F.O., algunos más esperados, otros no tanto como “Natural thing”, últimamente eliminada de los repertorios de los británicos pero que el germano suele rescatar para deleite de muchos. Como era previsible, “Rock bottom” se coreó a pleno pulmón y Michael aprovechó para ofrecernos su habitual versión alargada y casi decir adiós. Acabó siendo un amago porque Steve Mann no llegó a abandonar el escenario y comenzó a tocar las notas de la archiconocida, pero no por ello menos emocionante, “Doctor, Doctor”.

A pesar de estar rozando las once de la noche, hora de cierre de La Riviera, quisieron regalar un par de cortes más para completar los noventa minutos acordados; los directos y coreables “Only you can rock me” y “Too hot to handle” que pusieron el punto final a la sobresaliente actuación de MICHAEL SCHENKER GROUP en esta presentación especial con Robin McAuley a las voces y, por ende, al festival. Una primera edición del Kalos que, si bien no puede considerarse un éxito de público, sí que cumplió con las expectativas, gracias a unos conciertos, en su mayoría, disfrutables, dentro de un estilo que merece tener su espacio con propuestas como esta. Ojalá no sea algo efímero y podamos, el año que viene, hablar de una segunda edición.

Texto: Marco-Antonio Romero

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