(CRONICA) LOREENA McKENNITT – Madrid – Jardín Botánico de Alfonso XIII – 06/07/2019

LOREENA McKENNITT  Madrid Jardín Botánico de Alfonso XIII 06/07/2019

En un tiempo en el que parece más importante el concepto de “experiencia” y los puñeteros selfies colgados en las redes sociales para evidenciar el “yo estuve allí” que la reivindicación de la música que determinados artistas ofrecen, asistir de nuevo a una actuación de Loreena McKennitt para mí resultaba tan necesario como coger vacaciones en verano para descansar y huir de la rutina.

En este caso descansar y huir de la “rutina” de conciertos sin alma a la que nos estamos teniendo que acostumbrar cada vez más a menudo los que exigimos unos mínimos a nuestros artistas favoritos. Con la canadiense no hay lugar para las dudas y es apostar sobre seguro. No va a decepcionar y sabes que vas a obtener lo mejor, sin más. Exactamente eso fue lo que nos ofreció a los que abarrotamos el Jardín Botánico de la Complutense.

Los once largos años que han pasado desde su última actuación en Madrid ha sido como una travesía en el desierto pero, por fin, íbamos a llegar a la tierra prometida. En este caso el enclave no podía ser más idóneo para acoger su actuación (por estar al aire libre rodeados de naturaleza) y en el ambiente flotaba, incluso de una forma más rotunda y especial si cabe que en otras ocasiones, esa magia y misticismo que su música evoca. Había ganas, y muchas, de verla de nuevo en acción por lo que incluso tuvo que añadir otra fecha al día siguiente en el mismo recinto para hacer frente a la enorme demanda de entradas que siempre genera en sus visitas a nuestro país.

Se hizo de rogar diez minutos sobre el horario previsto, añadiendo algo de tensión e impaciencia extra a la que ya de por sí generaba la actuación, para ser recibida como la rutilante estrella que es con una cerrada ovación cuando al fin hizo acto de presencia junto a la maravillosa banda que la acompaña y que, en esta vez, era algo menos numerosa que en ocasiones pretéritas. Sin embargo, son tan buenos instrumentistas que apenas se hicieron perceptibles las ligeras variaciones con respecto a la versión de estudio de algunos de los temas interpretados.

De hecho incluso sonaron más directos e íntimos que otras veces bajo este formato de “banda reducida” pero, evidentemente, siempre respectando la esencia de las canciones con total fidelidad. No podía ser de otro modo. Para colmo, en Madrid contó con la presencia de músicos invitados (de los que hablaré más adelante) que resultaron más que brillantes y aportaron un plus de exclusividad al evento haciendo ganar enteros a unas canciones ya de por si excelsas en calidad. Todo un lujo, sin duda, que otras ciudades no han podido tener imagino que por temas logísticos o de agenda.

Con “The Mystic´s Dream” iniciamos el particular viaje que supone cualquier concierto de esta musa celta y bastaron dos minutos de la misma para corroborar que, aunque el tiempo ha decolorado su rojizo cabello, a sus 62 años sigue manteniendo intactos todos los registros que la caracterizan y la han encumbrado a lo más alto del estilo. Estaba cantando una canción que grabó hace un cuarto de siglo y, si cerrabas los ojos, parecía que estabas oyendo el cedé correspondiente. Alucinante.

El aroma celta de “The Star Of The County Town”, para la que abandonó los teclados y se colgó el acordeón, fue la antesala de un pequeño discurso de la cantante y multi instrumentista en el que nos comentó (por si alguien de los presentes no lo sabía) lo importante que es nuestro país para ella tanto a nivel personal como a la hora de encontrar inspiración para componer. De hecho, sentada junto a su arpa, antes de afrontar la delicada y majestuosa “Bonny Portmore” recordó su primer viaje en 1982 a nuestro país y como España fue el primer país europeo en el que tuvo repercusión en sus inicios, por lo que nos mostró su agradecimiento comentando que para ella volver aquí siempre es muy grato. Desde luego esperemos que no tarde otra década en visitarnos porque se la ha echado mucho de menos por estos lares todo este tiempo.

La moruna “Marrakesh Night Market” fue la siguiente parada del viaje trasladándonos con su música a un bazar cualquiera por los que paseó la diva en alguna de sus múltiples visitas a Marruecos. Y si, digo diva porque es lo que es pero no en el sentido peyorativo que tiene el término ya que su dulzura, sonrisa y la paz que transmite la sitúa en las antípodas de esta acepción. Es una artista consagrada y mundialmente famosa pero transmite una cercanía y humildad que, ciertamente, sobrecoge.

Cualquier elogio se queda corto para ella pero un gran artista siempre se rodea de grandes músicos y la canadiense no es la excepción a la regla. A sus inseparables desde hace décadas Brian Hughes (guitarra eléctrica, acústica, laúd y bouzouki celta) y Hugh Marsh (violín eléctrico), además de su fiel “escudero” Caroline Lavelle (violonchelo, flauta, acordeón y voz), que son el núcleo “duro” de la banda que la acompaña desde hace muchos años para esta ocasión contó con Dudley Philips (contrabajo y bajo eléctrico) y Robert Brian (batería y percusión) que, sin duda, estuvieron a la altura. En especial me gustó este último quién tuvo la responsabilidad de encargarse de ejecutar lo que en otras ocasiones han hecho varias personas saliendo airoso del envite. No era tarea fácil y cumplió con nota.

El motivo de la gira que la ha traído de nuevo por aquí era presentar en sociedad su último, y largamente esperado, trabajo llamado “Lost Souls”, el primero con temas propios (aunque repescados de su cajón musical puesto que la composición de muchos de ellos se inició hace largo tiempo) desde aquel lejano “Ancient Muse” de 2006 que me dio la oportunidad de verla por primera vez. Aún no había presentado ninguno de ellos y ese honor recayó en el que, para mí, es el mejor corte de todos los que componen un disco de una calidad tremenda. Me refiero a “Ages Past Ages Hence”, donde tomó por primera vez asiento al piano, y que contó además con el primero de los invitados.

Como decía anteriormente, en Madrid tuvimos la suerte de contar para este tema (y otros posteriores a los que se sumó también) con la presencia en directo de Ana Alcaide, una artista madrileña realmente virtuosa en el “nyckelharpa”, o “viola de teclas”. La presentó mostrándole un respeto y un cariño increíbles (y viniendo de quién viene pues sobran las palabras) y poder escuchar su instrumento en vivo esa noche en uno de los temas a los que ha prestado su talento fue un lujo. Desde el instante en que escuché “Ages Past Ages Hence” entró en mi “top 10” de canciones de Loreena por lo que para mí fue un momento realmente álgido del concierto su magistral interpretación.

La instrumental “Marco Polo” (bueno, vale, hay un tarareo) nos trasladó al lejano Oriente con esa melodía sufí y sirvió también para dar cierto descanso a la voz de la cantante antes de que nos presentara al segundo invitado que pisaría el escenario esa noche para dotar de la autenticidad que siempre busca en sus composiciones. “Spanish Guitars And Night Plazas” no sería tan “auténtica” si no hubiera contado para ella con la colaboración de un guitarrista flamenco y por ello se lanzó a la búsqueda de uno.

El elegido fue Daniel Casares y, de nuevo, fue todo un lujo contar con su presencia en el escenario porque, aunque seguro que Brian suple sus partes en otros lugares de manera solvente, no es lo mismo y el corte ganó enteros con las dos guitarras españolas en acción. Además este tema volvió a dejar patente lo especial e influyente que es nuestro país para la artista de una manera más que evidente. No es un decir o una pose, es absolutamente cierto.

El misticismo volvió al Botánico con una gloriosa “All Souls Night”, de aquel maravilloso “The Visit”, con la soprano volviendo al piano que le acompañaría también en una emocionante “A Hundred Wishes” de “Lost Souls” y en otro de mis temas favoritos de toda su discografía, “The Bonny Swans”. En ella Brian sacó su lado más guitarrero ofreciéndonos un “duelo” entre su guitarra eléctrica y el violín de Hugh que me puso los pelos de punta. Glorioso final a la primera parte del concierto ya que, tras ella, hubo un receso de algo más de veinte minutos. Realmente para mí este parón fue el único punto “cuestionable” de una actuación impecable porque me cortó bastante el “rollo” pero bueno, no fue difícil meterse de nuevo en ella cuando la elegida para retomarla es la evocadora “Full Circle” de otra de sus obras maestras, “The Mask And The Mirror”.

El bouzouki de Brian Hughes anunció el retorno a Oriente de la mano de “The Gates Of Istambul” mientras que para “Santiago”, la canción en la que de nuevo se acuerda de la zona más celta de España (Santiago de Compostela para ser más exactos), volvió a contar con la colaboración de Daniel a la guitarra dando como resultado una versión del clásico bastante interesante que, como ya habréis podido adivinar, les quedó perfecta. Esta noche no había sitio para la mediocridad.

“The Dark Night Of The Soul” no es de sus temas más habituales en directo y me encantó poder escucharla al fin mientras que la genial Ana, y su “nyckelharpa”, fueron requeridas de nuevo para el corte instrumental de “Lost Souls”, “Manx Ayre”, en la que volvió a lucirse cosechando una tremenda ovación a su término. La mezcla entre el arpa y la viola de teclas se reveló como una dupla ganadora dándole la razón a la canadiense que llevaba tiempo queriendo incluir el sonido de esta última en sus composiciones. No pudo ser más acertada la idea como se demostró cada vez que la madrileña se subía a las tablas.

Sin abandonar el arpa, la de Manitoba interpretó otra canción ganadora basada en el épico poema artúrico de Alfred Tennyson. Así la romántica “The Laddy Of Shalott” resonó en el Botánico como si estuviéramos en los bosques de Kamelot convirtiendo el recinto en un remanso de paz y armonía ante un silencio sepulcral que sobrecogía. Otro de esos momentos para enmarcar que, como si la tempestad sucediera a la calma (y no al revés) fue enlazado con la dramática “The Old Ways”, otra de mis favoritas absolutas, mientras nuestra protagonista cambiaba el arpa por el piano bordando ese final “in crescendo” que no deja indiferente y en la que el violonchelo de Caroline y el violín de Hugh tuvieron un papel estelar.

El tema que da título a su última obra, fue la elegida para que la despedida, al menos momentáneamente, y volvió a contar con la colaboración de Ana que la dotó de un sentimiento con su interpretación digno de mención. Tanto fue así que al finalizar el público se puso en pie aplaudiendo a rabiar lo que no está en los escritos porque, sinceramente, no era para menos y porque queríamos dejar constancia de que éramos merecedores de los bises. Iban a sonar de todos modos, más que nada porque estaban previstos, pero todo reconocimiento era poco para lo que nos habían ofrecido.

No se hicieron apenas de rogar y sin más dilación “Tango To Evora”, que sirvió de banda sonora al documental canadiense dirigido por Donna Reid llamado “The Burning Times”, nos dejó la estampa de los ocho músicos en escena puesto que quisieron hacer partícipes a sus invitados españoles también en este tema ofreciendo una versión con todavía más matices que los que este añejo corte ya tenía. Bonito gesto para sacar todo el partido posible al talento de Ana y Daniel que, en mi opinión, estuvieron inmensos en sus apariciones.

De nuevo todo el público en pie mientras volvían a hacer una breve salía del escenario para, definitivamente, cerrar las impagables dos horas de música que nos brindaron con una suave y relajante “Dante´s Prayer” concebida en su solitario viaje hace más de veinte años a través de las gélidas estepas de Siberia a bordo del famoso tren trans-siberiano. Broche de oro para una velada, una vez más, memorable.

El viaje musical que nos ofreció esta noche la diosa celta Loreena McKennitt había llegado a su última parada  y los que compramos el billete para compartirlo con ella no salimos defraudados sino creo que más bien con la sensación de haber vivido una verdadera experiencia musical, al menos fue mi caso. Pero no fue una experiencia de las que se suben en forma de foto a las redes sociales con una palabra precedida de un “hastag”, sino de las que uno se lleva en su interior hasta el final de sus días.

Era la tercera vez que “viajaba” con ella e, independientemente de que me faltara alguna u otra canción como “The Highwayman” o “The Mummer´s Dance”, por citar sólo un par (sobrar no me sobró ninguna), creo que ha sido la mejor de las tres debido al enclave donde tuvo lugar, ya que ella siempre cumple con creces. Ojalá no pasen otros diez años para poder reencontrarnos porque, al igual que a ella, a mí también me encanta “viajar” y su compañía es de las mejores que se me ocurren para hacerlo sin moverse del sitio.

Texto y Fotos: David Ortego

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