(LIBROS) Señores del caos, de Michael Moynihan y Didrik Soderlind

 

Señores del caos, de Michael Moynihan y Didrik Soderlind

Por Alberto García-Teresa

Hay títulos que echan para atrás por bochornosos más que algunos de los primeros videoclips de Immortal. “Señores del caos. El sangriento auge del metal satánico” podría parecer el nombre de uno de esos discos de remezclas de Rob Zombie. Pero no, se trata de un voluminoso libro sobre black metal. Con un subtítulo de ese pelaje, cualquiera podría ya captar la orientación sensacionalista y centrada en el morbo de este trabajo. Y no andaría totalmente desencaminado, porque esta obra tiene los dos pies asentados en ese territorio aunque levante la mirada en ocasiones.

El libro fue publicado originalmente en 1998 y reeditado revisado en 2003. Es Pop ha editado la versión española con mucho cuidado, en dos tintas y con una traducción correcta, a pesar de opciones desafortunadas puntuales. En su momento, el volumen obtuvo muchísimo éxito, hasta el punto de que Michael Moynihan y Didrik Soderlind, los autores, fueron considerados expertos en “violencia juvenil inexplicable” [sic].

Numerosas entrevistas y citas revelan un concienzudo trabajo de documentación, que comenzaron en 1994. No pocas series de páginas son transcripciones de esas entrevistas. Así, consiguen en muchos tramos un aspecto de película documental, pues giran continuamente sobre los mismos hechos y episodios pero aportando nuevas perspectivas y matices. Precisamente, esa parte documental es la que le otorga verdadero valor al libro: el acceso directo a los materiales y a las opiniones de los protagonistas sin el desconcertante hilado de Moynihan y Soderlind.

Digo desconcertante porque no existe ningún análisis musical de las bandas de black en la obra; sólo se sucede la crónica negra. El siguiente párrafo clarifica mucho su perspectiva, centrada en el entorno y más pendiente de la crónica criminal, descuidando el aspecto artístico (musical y escénico): “Hoy en día la mayor parte de los principales representantes del género no tiene el menor interés en cometer crímenes. Son perfectamente conscientes de que cuentan con un producto comercial y artísticamente viable que pueden vender, y se toman sus carreras musicales en serio. A pesar del morboso caché que pueda otorgarle a la reputación de uno en los bajos fondos, estar encerrado en una celda no facilita ni grabar ni el tocar música; en otras palabras, ganarse la vida”.

Así, el libro es totalmente desacertado en muchos tramos. Parecería obra de unos periodistas ajenos a la escena y a esta música y con un conocimiento muy epidérmico. Unas cuantas aseveraciones reflejan bien esa superficialidad y cierta ridiculización. Para ellos, el canto gutural es “un estilo de cantar basado en los gruñidos”. A su vez, “los seguidores del black metal son, por lo general, adolescentes y veinteañeros que, por primera vez en su vida, acaban de obtener un relativo grado de libertad e independencia respecto a sus padres y otras autoridades morales”. Califican el sonido black metal como “una rugiente cacofonía de dimensiones alteradoras de la conciencia” y añaden una perla como colofón: “Como para confundir aún más al oyente incauto, algunas bandas de black metal también han optado por grabar sonidos que podrían ser adecuadamente descritos como ‘bellos’ y se han adentrado en terrenos como el de la electrónica ambient, el folk tradicional o incluso la música neoclásica”. Eso sí que es un buen blast beat. Sin embargo, los autores son capaces de volcar un atinado análisis musical cuando lo llevan a cabo, algo que sólo hacen a la hora de buscar los antecedentes y precursores del black metal noruego (en especial, con acierto, inciden y extraen los elementos seminales que Bathory en su evolución aportó a todas las bandas posteriores a todos los niveles). De esta manera, el análisis de las bandas se centra en el contenido de sus letras y en sus declaraciones.

Insertan todo en el parámetro criminal. Parten de ese punto y tiran del hilo desde allí. La expresión sensacionalista lleva a encadenar algunas páginas que resultan irrisorias: “Mediante el destello llameante de espadas reales o imaginarias, las legiones del black metal, azuzadas por poderosos impulsos infernales internos, han llevado a cabo su desesperado intento por iluminar la oscuridad”. A pesar de ello, también hay páginas en los que critican precisamente los titulares sensacionalistas de los artículos periodísticos de la época de la quema de iglesias.

El relato, de hecho, es tan pormenorizado en ese aspecto que, por ejemplo, sobre el asesinato de Euronymous (sin duda, el acontecimiento central de la escena) se dedican docenas de páginas para reconstruir el crimen, como si de una crónica criminal periodística se tratase, con múltiples perspectivas y reiteraciones. A partir de ahí, se centran en Varg Vikernes en varios capítulos basados en entrevistas en prisión. En ellas, se explican sus ideas paganas, nazis, ocultistas y hasta pro-OVNI. Con ese mismo método de entrevistas se explora el satanismo y el paganismo que emplean como referente la mayoría de los grupos. Asimismo, muestran los autores la extensión de esas ideas y acciones (quema de iglesias y acciones) en la escena de otros países. De hecho, se toca muy superficialmente la evolución del género, y lo hacen fijándose en la veta comercial de Dimmu Borgir (de quienes no se comenta nada de su música) y Cradle of Filth en apenas un par de páginas.

De este modo, este libro contiene materiales realmente interesantes para conocer de primera mano la escena del black metal en su etapa más álgida pero adolece de un acercamiento periodístico centrado en la crónica de sucesos que deja de lado el meollo del movimiento: la música.

Señores del caos

Michael Moynihan y Didrik Soderlind

482 páginas

28 €

Es Pop Ediciones, 2013

ISBN: 978-84-940298-4-4

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Sobre Roberto Fierro

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